Desinserción: lo sin nombre

Serge Cottet


Serge Cottet

DESINSERCIÓN: LO SIN NOMBRE

En 1950, Lacan se autorizaba a dar un consejo de orientación al sociólogo: A propósito de las funciones criminógenas que una sociedad puede engendrar, indicaba la característica de una sociedad que exige «una integración vertical extremadamente compleja y elevada de la colaboración social», proponiendo a los sujetos «por ella empleados ideales individuales que tienden a reducirse a un plan de asimilación cada vez más horizontal».1 De ello resulta que en nombre de la libertad del ciudadano todos «pensarán, sentiremos, haremos y amaremos exactamente las misma cosas a las mismas horas en porciones del espacio estrictamente equivalentes».2 El texto, que creeríamos sacado de un periódico situacionista de los años sesenta, la toma aquí con la identificación alienante y anuncia la crítica del conformismo del consumo de masas.

Dialéctica de la identificación

Es así que, en efecto, Jacques-Alain Miller retoma hoy esta dialéctica de la identificación y del consumo.3 Inspirado en los escritos de Freud sobre la psicología de las masas, el artículo de Lacan da las claves del problema de la exclusión social. ¿Qué sucede cuando «la masa se quebranta», cuando la voz de la identificación simbólica ya no sirve para hacer lazo social? ¿Cuáles son las repercusiones sobre el modo de goce, el consumo, la agresividad, y tantos síntomas de la «galera social»4?

Para poner a prueba la tesis de Freud sobre los fracasos de la identificación simbólica, Lacan encontró un poco antes, en 1947, un ejemplo de primera calidad en la armada inglesa durante la guerra. Tuvo conocimiento de las reformas puestas en marcha en la armada, en Inglaterra, por un equipo de psiquiatras, para tratar problemas de inserción y de reagrupamiento de sujetos incapaces de satisfacer las exigencias físicas y morales que las circunstancias exigían. En esa ocasión, Lacan utiliza ya la expresión «identificación horizontal», reprochando a Freud el descuidarla en provecho de la «identificación -si se puede decir así- vertical con el jefe»:5 ¿Qué hacer con esta partida de rezagados para la instrucción, inadaptados, delincuentes, vagos, depresivos y traumatizados inútiles? Lacan se maravilla de los servicios de reeducación capaces de establecer un sentido de solidaridad en estos marginales para una cura de grupo que les reinsertase no por el ideal, sino por la integración de su propio síntoma, a saber de su modo de goce: Como esos cursos de baile capaces de restituir un cierto orgullo fálico en hombres apartados del honor del combate-ideal, es cierto, que todavía se mantiene.6 Es una especialidad anglosajona muy pragmática el saber canalizar, para la buena causa, el ardor de asesinos confirmados, como la de los peores inadaptados, a la manera de las grandes compañías de la Edad Media.

El consumo entre ostentación y compensación

De una manera más soft, el modo de goce privado es un potente factor de integración, al menos bajo ciertas condiciones económicas. Desde los años sesenta hasta los setenta, la exigencia de consumo hizo semblante de lazo social. Algunos sociólogos se acercaron a esta función simbólica del consumo de masas a la manera de M. Mauss. Las críticas de la sociedad de consumo de los años sesenta ve en el consumo un factor de identificación tan vertical como horizontal: La publicidad impone el significante amo; se consume como un nuevo rico; se hace de ello, de manera horizontal, un signo de distinción social; como en los adolescentes, una marca de moda funciona como signo de la tribu. La alienación de las necesidades por el consumo se interpretaba como una lógica de diferenciación social: El objeto no es deseable en sí mismo, sino que es signo de prestigio y de reconocimiento, de estatus y de integración social. Como lo dice G. Lipotevsky, resumiendo Baudrillard y Bordieu: «Los actores buscan no tanto gozar de un valor de uso sino exhibir un rango, clasificarse y subclasificarse en una jerarquía de signos rivales».7

Baudrillard se ha destacado en esta descripción del objeto signo que hace del consumidor mismo un productor o, mejor, un reproductor del lazo social. La crítica situacionista de la sociedad del espectáculo atacaba al conformismo de los roles, al consumo ostentatorio. Consumir era distinguirse, imitar al otro o provocarlo, como en el potlach.

Hay que pensar, sin embargo, que la alienación por medio del mercado no lo explica todo. El sociólogo, tímidamente, hace el rodeo por Freud para quien «la novedad constituye siempre la condición del goce».8 De hecho, las criticas de la sociedad del bienestar que ponen en cuestión el «pseudogoce», como en Guy Debord, creen poder decidir el grado de alienación de las necesidades por el imaginario social. Lo que Lipovetsky llama hiperconsumo es más el modo de goce separado de la conminación colectiva, un repliegue sobre sí mismo más bien autista como remedio a un sentimiento de fracaso social: «Pasividad e hipnotismo no caracterizan forzosamente el consumo moderno».9 Hay que dejar de interpretar el modo de goce a partir de la función simbólica y de la teatralización de la vida social: El ideal social ha cambiado, el consumo demostrativo deja lugar al consumo hedonista, individualista y menos ostentatorio. El plus de goce no depende necesariamente de la competición; compensa, si llega el caso, un déficit de identificación cuando la desmesura hace las veces de sentimiento de existencia.

Eso es tanto como decir que una identificación se hace por la separación del Otro por medio del objeto, por un rechazo de la alienación. La «inserción en el goce»10 es el sintagma de Lacan recordado por Jacques-Alain Miller en Barcelona. Se puede utilizar la fórmula como objeción a la pretensión del discurso de imponer su fantasma de plus de goce capitalizado. Fourier lo sabía proponiendo como remedio al mercantilismo la utopía delirante de los falansterios y de la realización de la armonía social por la pluralidad de las pasiones.

Al funcionalismo sociológico se opone así la reivindicación de goce, la adicción como compensación a una imposible identificación simbólica. La resistencia a los modos convencionales de consumo caracterizó los años posteriores al sesenta y ocho. Es por lo que Lacan considera que los estudiantes pertenecen al subproletariado: Rechazan la identificación con el modelo burgués de consumo, contrariamente a la plebe romana que se sentía del mismo lado que los amos del imperio. Lacan hace notar a los estudiantes contestatarios que su imprudencia resulta del sistema mismo que produce a la vez vergüenza y cinismo del goce.11

Sin embargo, las latosas, estos gadjets del discurso de la ciencia, no se reducen a un condicionamiento de las necesidades; ellos producen además la causa del deseo, activando una separación del otro partenaire y especulando sobre la no relación sexual: El coche, particularmente, como falsa mujer.12 Ciertos modos de gozar hacen síntoma social: Generados por la ideología de la libertad y de la autonomía, están hechos para aislar (Internet, por ejemplo) y no son siempre compatibles con los significantes amo, los del mercado y los de la sociedad de resultados.

Así sucede con el rechazo al trabajo y el derecho a la pereza, el rechazo de la pareja y la preferencia dada a la soledad-partenaire (como se vio en las últimas jornadas del CPCT, consagradas a la soledad en la ciudad), el fracaso escolar, el rechazo a ganar más, etc. En suma, rechazo de los valores ostentatorios que conjugan el discurso capitalista con el goce fálico. La desinserción testimonia de esta pulverización de los valores fálicos y no es sorprendente que la marginalidad pueda concordar tan bien con la ironía del psicótico como con la parte cínica del goce que separa del campo del Otro todas las cosas iguales, concernientes por otra parte a los determinismos sociales y económicos.

Los no incautos yerran

Si el psicoanálisis no apunta en su discurso a reintegrar los SDF,13 ni a reagrupar los sin techo del Bosque de Vincennes, por lo menos debe hacer tambalear las certidumbres ostentatorias de reeducadores modernos que no ven en estas elecciones más que déficits por colmar mediante la ayuda samaritana y otros ideales filantrópicos que enmascaran un desprecio por estas elecciones sintomáticas.

Los sociólogos contemporáneos, para los que la desinserción transgrede la lucha de clases, ponen en función no la sociedad del espectáculo sino la mirada del Otro: La estigmatización social impone al individuo «una imagen negativa de sí mismo». Y no es tanto en relación a un ideal del yo que la comparación se hace sino por la evaluación o la autoevaluación de su tener en función de sus ingresos, de su poder, de sus bienes de consumo. El fenómeno de estigmatización y de formateado es relativo a esta mirada tan crítica que empuja a gozar. La resistencia a este conformismo no aparece como revuelta contra estos semblantes o elección de goce sino como déficit o insuficiencia, abandono de la competición, de ahí la reducción del ser social al síntoma mismo, avalado por el interesado: «Soy SDF», «soy toxicómano».

Existen sin embargo sujetos inadaptados a estos significantes amo. De todas maneras, no se trata de delincuentes o de inadaptados sino de sujetos que no tienen el código y no se reencuentran en las mandatos sociales o en las nominaciones destinadas a representarles. El psicoanálisis puede servir para hacer que su síntoma concierna a la elección en lugar de hacerse de él un déficit con respecto a la norma. Nietzsche hacía de ello el remedio a la vergíienza.14 Hay una «ontología» de la desinserción a reevaluar.

La descripción psicosocial de la «fobia social» puede contribuir a ello. Este síndrome cajón de sastre, de origen conductual, describe un sujeto a las órdenes de sus ficciones: La comunicación, la autoestima, el mandato «hay que construirse». El sujeto del desarrollo personal se asemeja a una empresa por gestionar.

Como esta mujer joven visitada en el CPCT: Por qué se querría «construir» alguna cosa con ella, excepto acostarse con ella, una mujer negada y que no tiene nada que comunicar, que no es interesante. El amor, por otra parte, la colocaría en competición con las mujeres, en una rivalidad que la aislaría todavía más. Diríamos que el cuerpo no existe y que el ser de la persona está completamente saturado por la comunicación. Incapaz de entrar en el semblante de la seducción, no podría ser apreciada más que por lo que ella tiene, no por la mascarada de lo que no tiene; sin nada a proponer. A menudo en el paro, particularmente inadaptada a todo lazo de trabajo prolongado, reconoce que en el despacho, como secretaria, se encierra como en un cementerio. En ruptura con su familia, cadaverizada en el universo del trabajo social, no se sostiene más que por una erotomanía de intensidad mínima, estacionaria en su fase de esperanza, único valor de refugio de su goce.

Esta psicosis, que puede pasar por ordinaria, reinvierte el orden de la causalidad que va de lo sexual a lo social. Todo empieza con su axioma: No hay más relación que social; ahora bien, la relación sexual no se satisface en las normas de la comunicación y del intercambio, así pues, no hay relación sexual.

Queda por construir un tipo clínico contemporáneo que contendría lo que Lacan puede ilustrar del «formidable cuadro de la amnesia de identidad», quedando preservadas cualquiera de las otras funciones «cognitivas».15 Como metáfora, decimos: Alguna cosa como la extrañeza del sujeto a las nominaciones que se le proponen.

s.cottet@freesuif.fr
Traducción de Iván Ruiz

Notas:

1 J. Lacan, «Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología», Escritos. Siglo XXI, México, p. 136.

2 Ibíd.

3 J.-A. Miller, «Hacia PIPOL 4», Freudiano, 52, Barcelona, 2008.

4 J Lacan, «La agresividad en psicoanálisis», Escritos, Siglo XXI, México, p. 116.

5 J. Lacan, «La psiquiatría inglesa y la guerra», Revista Uno por Uno, 40, Otoño 1994,p.13.

6 Ibíd., p. 16.

7 G. Lipovetsky, Lafelicidad paradójica, Ed. Anagrama, Barcelona, 2007, p. 33.

8 Ibíd., p. 61.

9 Ibíd., p. 63.

10 J. Lacan, El Seminario. Libro XVII: El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1996,p. 97.

11 Ibíd., p. 206.

12 J. Lacan, «La tercera», Intervenciones y textos 2, Ed. Manantial. Buenos Aires, 1988.

13 NT: SD F es el acrónimo utilizado en francés para referirse a las personas sin domicilio fijo.

14 F Nietzsche, [Aforismos 182 y 185], El gay saber, o gaya ciencia, Ed. EspasaCaple. 2000.

15 J. Lacan, «La méprise du sujet supposé savoir»,Autres Écrits, Senil, París, 2001, p.334.

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