La condensación soñada

Antoni Vicens


Pongamos que el sueño sea la penetración del inconsciente en las capas altas de la consciencia. No: no es así. El inconsciente no cesa de querer hacernos dormir, sin conseguirlo del todo. Cuando algo no consigue entrar en el inconsciente, cuando no llega a coaligarse para formar el almohadón de una cadena significante, cuando la metonimia constante se encuentra con un grano de arena que perturba los mecanismos del decir, cuando el guisante desvela a la princesa, se forma un deseo diferente del deseo de dormir. El inconsciente se ocupa en un trabajo de molienda del grano indestructible, hasta que lo reduce a un agujero, el cual se resuelve en una representación que burla la censura. El precio que se paga como pontazgo es una deformación que hace al deseo supuestamente irreconocible. Es en ese “supuestamente” donde se instala el psicoanálisis para recorrer al revés, vía la instauración de un sujeto-supuesto- saber, el camino practicable del inconsciente. Freud descubrió que para que aquella deformación sea posible se requiere que algo antiguo, real, olvidado, se presente como representación, la cual siempre es actual en definitiva, y que con ello se empareje con algo reciente y verdadero. Esta maniobra retórica, en la que se relativiza el tiempo y con la que un plus de gozar causa un nuevo sujeto, es el desafío a la censura, el paso de más en el camino del goce incestuoso. Esta operación atrae a otras representaciones, que se condensan hasta dar al conjunto la densidad suficiente para sobrenadar en el mar de la consciencia y lanzar así un desafío al silencio de las pulsiones.

Un objeto real, lo que significa sin representación, llama la atención; tiene el poder de crear un umbral simbólico con el que atrae asociaciones hasta un desbordamiento despertador, escrito con nada. El caso es que vivimos también en lo real, que no dice absolutamente nada mientras goza mal dicho. Pero lo real no se detiene, incluso grita, gime y suspira para no decir nada y para mantenerse en un punto anterior a cualquier justificación de la realidad.

Para mantener dormido al sujeto hay que endulzarle la píldora con imágenes que se articulen con la que viene siendo su realidad, familiar, habitable. El camino es una cinta de Moebius por la que pasamos de un lado al otro del espejo sin romper vidrios. De eso se alimentan las Aventuras en Slumberland de Winsor McKay, los cómics de Moebius o los films de Hayao Miyazaki.1

Esto va así hasta que algo ya no está: la pulsión se abre sobre un fondo de escenario invisible, donde flotan unos objetos desconjuntados. Del enjambre que hace del S1 un essaim, un S1, un conjunto que ignora el vacío, se oye más el zumbido sin palabras que la nana que alejó al hombre de la arena;2 y los ojos en la oscuridad ciegan mirando. El sujeto no puede volver a dormir sin reconstruir una realidad que aloje a lo real nuevo (para decirlo con un pleonasmo).

El sueño se manifiesta en el borde, en el litoral entre sueño y despertar, en el paso en que la verdad surge a fin de poder desaparecer. Y el despertar es detenido por la muerte, que no se puede soñar. No siempre “los muertos” en el sueño nos acercan a ella; quizá más bien son metáfora del amor.3 Un despertar es amor.

El despertar se produce de uno en uno; no solamente porque es particular sino porque unifica un mundo;4 no del todo, y entonces hay que volver a dormir para que se vuelva a crear un solo cosmos. Unidad que el discurso desmiente en cada giro, cuando el amor se transforma en certeza para siempre. El signo lo es de discurso, no de cosmos, que quiere ser un todo de significación sin signos particulares.

Como perlas y piedras, los signos forman secuencias imprevisibles, surrealistas, que se vuelven a condensar sobre si mismas para formar nuevos signos de mayor certeza, pero sin ser más densos que el primer signo. Es el vuelo de Eros que arrastra al inconsciente y lo perfora para excluirlo de sí mismo.

Veámoslo por el lado de la condensación, la Verdichtung, la poetización, la Dichtung de la verdad.

La condensación

La condensación significa que un sueño nunca se analiza del todo; su límite es indeterminable, pero el sentido que puede destilar el relato del sueño es limitado por el sentido. El sentido se extiende poco, o mucho (no tiene medida), pero no puede ir más allá del nonsense, del sinsentido del sexo. El sinsentido no es un sentido negado, pues nada niega nada en el sentido, que no tiene a nadie para hacerle la contra. En el sinsentido el goce encuentra un límite, como algo matemático, que no impide un acercamiento infinito a lo inalcanzable. Lo inalcanzable sería el sentido del sentido, que jamás se encuentra.

La condensación hace suponer un trabajo previo, a veces largo, de cantidad indeterminable. El sueño soñado hace olvidar todo aquello que lo preparó largamente. Despertamos con un mensaje en la mano, cifrado, que borró con su densidad los pasos dados para llegar a él y que extrajo de cualquier tiempo medible la labor realizada. Despertamos en nuestro fantasma, de resultas de un trabajo no hecho para una plusvalía, sino como densificación de un plus de gozar que, como dice Lacan en Radiofonía, cae como un adoquín en el charco del síntoma.5 El resto, devenido canto rodado, vale como nuevo signo de goce que el día va metabolizando dándole realidad.

Esos adoquines son los puntos nodales, los knotenpunkte, multívocos, vieldeutig. Así la obra de un tejedor que va anudando determinaciones y sobredeterminaciones. En el sueño de la inyección de Irma, por ejemplo, Irma es Irma y otra paciente y una hija de Freud que enfermó y otra paciente que murió intoxicada y es un niño examinado en el pediátrico y es otra mujer y es la mujer de Freud…6 Las palabras son tratadas como cosas, para conseguir un mundo de cosas, tragicómico por su esencia.7

La condensación, o compresión8 en el pensamiento despierto, es decir aquel pensamiento que no pretende despertar, forma puntos nodales que no tienen ninguna característica sensible particular. La significación no causa una intensidad sensorial especial: la red se extiende sin trabas y la razón no se alarma. Pero en el sueño esta condensación se torna sensorialmente relevante: “el trabajo de condensación alcanza aquellas intensidades que se requieren para irrumpir a través de los sistemas perceptivos”.9 Esa intensidad busca despertar a otro escenario. La sobrecarga de intensidad se produce mediante un trabajo de asociación semejante al del chiste, un tipo de asociación “que nuestro pensamiento desprecia”.10 No es corregido por la contradicción. Es como si, en el sueño, el pensamiento estuviera empujado por una urgencia para proteger el dormir al precio que sea. Es la estrategia del Ich, del narcisismo absoluto del durmiente del que habla Freud en su “Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños”, y que puede fracasar en el insomnio por miedo a los sueños.11

El sueño metapsicológico

Es en sus textos de metapsicología donde Freud explicita la diferencia que existe entre el trabajo del inconsciente y el delirio esquizofrénico; en el “Complemento metapsicológico…”, uno de esos textos, aplica esta diferencia al trabajo del sueño. La esquizofrenia trabaja sólo con las palabras tomándolas como cosas, como significantes sueltos, de uno en uno, sin que hagan cadena ni grupo, hasta formar las más singulares combinaciones, sólidas por sus elementos, pero precarias porque no forman cadenas ni nudos. Como sabemos, Lacan propondrá neoeslabones para ayudar a una consistencia que nunca será sino singular, propia para cada caso. En el sueño, en cambio, la consistencia de la cadena está garantizada por la representación de cosa, sostenida en una regresión tópica gracias a la cual las investiduras de cosa (Sachbesetzungen), ellas mismas, garantizan una consistencia, “ora chistosa, ora esquizofrénica”.12 Es decir, una realidad que, en tanto no forma un todo, está en el horizonte de la interpretación del sueño, como lo estuvo en el origen del trabajo del sueño. El apoyo de esa realidad falta en la esquizofrenia, lo que abre el campo a un trabajo de creación, o de despiece.

Lo real, no die Sache —el asunto que tratamos entre nosotros—, sino lo que Lacan nos enseñó a leer como das Ding, lo real inalcanzable por el lenguaje, lo que no configura un “nosotros”, lo que no tiene ser. Es un agujero en lo simbólico, que lo esponja y le da respiración, que mantiene los poros entre las cadenas, pero que también se manifiesta como angustia insoportable. Con todas sus características paradójicas, lo real despierta para desaparecer sumergido en una realidad discursiva. Llamémoslo imposibilidad de inscribir en lo simbólico ningún trato de acuerdo entre los sexos, pero también imposibilidad de indicarle ningún Otro al Uno del goce en general. La cadena se rompe, o se interrumpe, en el punto de lo real, donde la causa se pierde, allí donde el oscurantismo se dispone a hacer sus ejercicios de ocultismo, incluidos los universitarios; pero es también el punto donde se yergue la teoría de la comunicación pura. Lacan nos lleva a preguntarnos por qué Freud menciona el ocultismo en su análisis del sueño.

Herejía

Lacan dedica un par de lecciones de su Seminario XXI, Les non-dupes errent13 ––que podríamos traducir aproximadamente como Los que se pasan de listos yerran–– a comentar un punto de las obras de Freud sobre la interpretación de los sueños; se trata de la relación que pueda existir entre el límite del ciframiento onírico y los fenómenos del ocultismo.14 Si, de un lado, entendemos el análisis de los sueños desde el ciframiento, incluso matemático, del otro, Freud nos lleva a entender que siempre queda un resto indescifrable, el ombligo que liga al sueño con lo Unerkannt, lo no conocido, lo incógnito.15 Freud relaciona eso no-conocido con “los supuestos hechos del mundo oculto”. Si aceptamos que la ciencia puede deducir leyes según el comportamiento de la naturaleza, lo que queda fuera de los descubrimientos, o las creaciones, científicas ha de ser inanalizable. De ahí las dudas de Freud en cuanto al ocultismo. ¿Hay que considerar que existen unas fuerzas ocultas para la ciencia? ¿Serían susceptibles de identificación por parte de unos humanos privilegiados, o singulares, o malditos? ¿Los psicoanalistas se definirían como seres capaces de comunicarse con las fuerzas del Aqueronte? Digamos que no más de lo que sería capaz ningún otro ser hablante. Y que los psicoanalistas, como los buenos científicos creadores, no se precipitan a concluir sobre la verdad, sino que simplemente le facilitan el paso, aún a riesgo de que ese paso cree una puerta, o un muro, o una frontera, que puede ser en primera instancia lo que llamamos censura, y en segunda una herejía.

No está oculto, el inconsciente; es Otro lugar, otra lógica, otra razón. Otra causa, sin ley. Una formación del inconsciente descoloca el sentido en el que estamos muellemente acostados. Y rápidamente reencontramos el sentido sexual en el que podríamos olvidar todo eso creyéndonos despiertos. Este sentido no es otro que el fracaso en la escritura de una relación que sería mutua en lo sexual. Este sentido es, como dice Jacques Lacan en la segunda lección de Les non-dupes errent, “el sentido no-sentido”, el sentido que respondería a una relación que no se puede escribir.

En la misma lección revela el sentido de lo oculto: es esa imposibilidad de escribir la cifra de la relación sexual. Lo que ha dado pretexto a los fenómenos del ocultismo y de la telepatía no es otra cosa que captación de un deseo. De falta a falta, un deseo se da a conocer.

Finalmente, tal como se expresa Lacan al final de esa lección, “no es impensable que el cuerpo, el cuerpo en tanto lo creemos vivo, sea algo mucho más instruido, mucho más rico, mucho más calé de lo que conocen los anatomofisiólogos.” Frase que recuerda la de Spinoza: “nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de su naturaleza.”16 Esta no es ninguna razón para lanzarse a los brazos del oscurantismo, sino de respetar como un tesoro la ignorancia. De esa ignorancia, Lacan espera poder extraer, quizá, una “ciencia del goce”, que nos instruya sobre esa dimensión que no se separa de nuestro cuerpo mientras vivimos. Digamos entonces que despertar significa que la causa no se cierra porque no encuentra la ley del dormir. Y eso mismo que Freud reconoció como ocultismo es amor, reconocimiento inconsciente del deseo del Otro.

 

avicens@me.com

Notas

1 Mis referencias para el cómic son antiguas, lo siento.
2 Que hace dormir a los niños, según el cuento de E.T.A. Hoffmann.
3 Freud, Sigmund. “Los sueños de la muerte de personas queridas”, La interpretación de los sueños. Obras Completas. Vol. IV. Amorrortu, Buenos Aires, 1976, pp. 258-279.
4 2 Lacan, Jacques. “Quizás en Vincennes”. Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 335. El despertar particular del que habla Lacan lo es respecto de un “sueño eterno”, objeto de la filosofía.
5 Lacan, Jacques. “Radiofonía”, Otros escritos, op. cit., p. 439. El original francés habla de la metáfora como “un significante que hace pavé dans la mare, adoquín en el charco del significado”. Esta es ya una metáfora: el adoquín que cae en el charco efectivamente lo enturbia, rompe el equilibrio de su superficie, hace ondas y salpica a su alrededor.
6 Freud, Sigmund. La interpretación de los sueños, op. cit., p. 299.
7 Ibid., p. 302: “Las palabras son manejadas por el sueño con la misma frecuencia que las cosas, y experimentan idénticas urdidumbres que las representaciones-cosa del mundo. Cómicas y raras creaciones léxicas son el resultado de tales sueños.”
8 Ibid., p. 584.
9 Ibid., p. 585.
10 Ibid., p. 586.
11 Freud, Sigmund. “Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños”. Obras Completas. Vol. XIV. Amorrortu, Buenos Aires, 1976, p. 224.
12 Ibid., p. 228.
13 Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 21, Les non-dupes errent. Inédito.
14 Los Gesammelte Schriften de Sigmund Freud, vol III, de 1925, contienen un artículo de apenas diez páginas titulado “Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto”. Las notas, que son tres, llevan como título: A. Los límites de la interpretabilidad; B. La responsabilidad moral por el contenido de los sueños; C. El significado ocultista del sueño. Lacan comenta los avatares de la publicación del último de los capítulos. La edición de Amorrortu (Buenos Aires, 1976, vol. 19, pp. 123-140) de las Obras Completas de Freud contiene una primera reseña de estos avatares, que hay que considerar parte integrante del texto mismo. Lacan se ocupa de este texto en las dos primeras lecciones de su Seminario XXI de 1973-1974, Les non-dupes errent, inédito. Cf. también, Serge Cottet, “Los límites de la interpretación del sueño en Freud, en Freudiana, no 86, pp. 95-109.
15 Freud, Sigmund. La interpretación de los sueños, op. cit., p. 519.
16 Spinoza, Baruch. Ethica more geometrico demonstrata, Tercera parte, 2, escolio.

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