La inexistencia de la phoné o el ombligo de la representación: Freud y Lacan, con Derrida

Claudia González


Quiero centrarme en ciertos puntos de la lectura que el joven Derrida hace en diversos de sus textos alrededor del tema de lo que no puede ser representado, y en la manera en que esta lectura puede llevarnos a dilucidar y discutir los propios límites de lo que se puede decir que ya encontramos en Freud y Lacan. Tomaré como referencia principal, aunque no única, el texto de Freud la Traumdeutung y de Derrida De la Gramatología y El teatro de la crueldad y la clausura de la representación. Si bien este último trata, en gran parte, sobre el teatro de Artaud y sus elaboraciones sobre la vida y la muerte y es una crítica al teatro occidental, también elabora cuestiones de interés para el diálogo psicoanálisis-filosofía para tratar el tema de los límites de la representación,1 esto es de la palabra y la imagen. Es lo que intentaré esbozar.

Del jeroglífico a la letra (I)

Para Freud, el sueño daba claves para interpretar el libro del inconsciente, era la vía regia para acceder a él. La elaboración de las interpretaciones a través de las palabras y las imágenes otorgaba sentido a lo que le sucedía al sujeto. Sin embargo, Freud analogó el sueño a una escritura: “si se reflexiona en que los medios de puesta en escena en el sueño son principalmente imágenes visuales y no palabras, nos parece más justo comparar el sueño con un sistema de escritura que con una lengua. De hecho, la interpretación de un sueño es de parte a parte análogo al desciframiento de una escritura figurativa de la antigüedad, como los jeroglíficos egipcios”.2 Según esto, buena parte de los sueños es descifrable. Pero también sabemos, gracias a Freud y en mayor medida a Lacan, que la escritura no es impresión, no es el Block Maravilloso, pues en la escritura para el psicoanálisis no se trata de la inscripción de un carácter sobre una superficie (pasos que podemos seguir desde el Freud del Proyecto pasando por el del Block Maravilloso, la Traumdeutung y seguir con la escritura para Lacan en el Seminario 9 y luego a partir del 18 al 23).

La otra escena

Freud, en la Traumdeutung, llamó al inconsciente “la otra escena”. Sin embargo, en esta otra escena no se puede localizar todo. Es lo que Lacan se preguntaba en “Prefacio a una tesis”: en relación con el objeto a: “¿Dónde situarlo a este objeto a, el principal incorporal de los estoicos? ¿En el inconsciente o en otro lado?”.3 Esta otra escena, entonces, no es todo. Siempre incompleta, algo existe a ella, está y permanece fuera de ella, por tanto, no puede ser interpretado al no ser de su mismo terreno. Freud se percató de esto, de que había una parte del sueño que no podía ser interpretada o, para decirlo de otra manera, de que en esta escritura que es el sueño hay algo imposible de significar, algo que se resistía, incluso, a revelarse como imagen o palabra. Lo llamó el ombligo del sueño, punto insoldable en él: “Todo sueño tiene por lo menos un lugar en el cual es insondable, un ombligo por el que se conecta con lo no conocido”.4 ¿Qué hacer con ese ombligo, con esa especie de incognoscible, de agujero de significación que aparece en el sueño como rebelde a la interpretación?

De aquí es de donde surge la pregunta por la lectura de algo que no cae ni del lado de la imagen ni del lado de la palabra. Algo no se deja desenredar, sino que permanece, para decirlo metafóricamente, enredado entre las imágenes y las palabras, que trascurre entre ellas y no en ellas, que está fuera de la otra escena. Podríamos decir, que ese “algo” se encuentra en algún lugar del vacío entre estas imágenes y palabras. Permanece, pues, opaco, sin aportar nada a la interpretación. Freud apunta a ese índice de lo no cognoscible en todo sueño, cuando dice, por ejemplo: “Aun en los sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces ese es el ombligo del sueño, el lugar en que él se asienta en lo no conocido”.5

Del jeroglífico a la letra (II)

Aquí se abren dos caminos tan interesantes como complejos con relación a los límites de la representación: por un lado, el de la dimensión de lo perdido, lo originalmente perdido o represión primaria, para decirlo con Freud –tema del que también se ocupa Derrida– y por el otro, el del trazo, que encontramos con el criptograma y que se transforma, en la teoría psicoanalítica, en el nivel de la escritura.

Es Lacan quien nos recuerda a Champollion para salir de este impasse, de la pregunta de cómo se puede saber si se trata de un dibujo o de una letra. Por ejemplo, en La instancia de la letra (1966) se empieza ya a revelar el camino a seguir, que no conduce al simbolismo o la significación sino más bien a algo de un rastro o trazo. Este trazo, ¿cómo se sabe que es letra y no dibujo? Porque se repite y porque aparecen también repeticiones de combinaciones de esos elementos que implican una sintaxis, definitoria de combinaciones posibles e imposibles.

Lacan indica, en este mismo texto, que la Traumdeutung de Freud trata ya de la letra del discurso. El sueño, dice, es un rebus y lo compara con el juego de una puesta en escena muda en la que el público debe adivinar una palabra, agregando que cuando el sueño –como el juego– tropieza con un agotamiento del material significante-gramatical para darse a entender, entonces es cuando se pone de manifiesto que se trata de escritura y no de pantomima. Letra y semblante empiezan a dibujarse de manera más precisa, a partir de aquí, en la enseñanza de Lacan.

Lo que no se apaga en la palabra

Con lo que no se apaga en la palabra, nos referimos a lo que escapa a ella por encontrarse en lo que se dice sin decirse. Especie de paradoja que se inscribe en los límites de la representación captados y trabajados en el psicoanálisis.

La idea de los límites de la representación es puesta también de manifiesto por Jacques Derrida en varios de sus textos. Es una noción que acompaña a la de la escritura derridiana y que, puesta al diálogo con la de la escritura en Lacan, es de interés para el psicoanálisis. Si bien es cierto que la escritura para Derrida no es lo mismo que la escritura para Lacan, también lo es que la orientación por lo que no puede ser representado vía la palabra ni vía la imagen es la que siguen tanto el joven Derrida como el último Lacan. Con resultados distintos, si leemos algunos de sus textos clave en este tema,6 es posible percatarse de que, tanto para el uno como para el otro, hay algo fundamental que escapa a la representación posible vía lo simbólico-imaginario. No me extenderé aquí en el amplio recorrido para fundamentarlo7 sino que, brevemente, diré que la creencia en los límites de la representación concierne, de maneras distintas, a ambos.

Derrida aborda el tema, directamente, desde el teatro8 pero también con las nociones que crea a lo largo de su obra que se remiten, todas ellas, a una crítica al logocentrismo y a la filosofía occidental. Plantea que lo no representable está en la vida misma: “El teatro de la crueldad no es una representación. Es la vida misma en lo que esta tiene de irrepresentable. La vida es el origen no representable de la representación”.9 Y lo irrepresentable, dice más adelante, tiende a ser tapado o disuelto por la palabra en tanto ella asegura el movimiento de la representación, es decir, no renuncia a su posibilidad que, en sí misma, es infinita. Es lo que él piensa que sucede en el teatro occidental (más mímesis que otra cosa): “Esta estructura general en la que cada instancia está ligada por representación a todas las demás en la que lo irrepresentable del presente viviente queda disimulado o disuelto, elidido o desviado a la cadena infinita de las representaciones, esta estructura no se ha modificado jamás […] es el texto fonético, la palabra, el discurso transmitido […] lo que asegura el movimiento de la representación.”10

Derrida toca un punto importantísimo para los psicoanalistas –del que ya Lacan se ocupaba– tema que había desarrollado ampliamente en De la Gramatología (1967), a saber, la ausencia de la phoné en la escritura. Se trata, pues, de una escritura que escribe lo que no se dice, que roza el límite de la representación sin por ello representar lo que no puede ser representado. En palabras de Lacan, se trata de lo real, inaprensible por los registros simbólico-imaginario: “no hay la menor esperanza de alcanzar lo real por la representación”.11 Y de donde surge la importancia de la noción del nudo como escritura.12

Lo no representable – o, dicho de otro modo, el límite de la representación – responde a que en el parlêtre no hay lo que sería necesario para representar el goce, su goce, como señala Éric Laurent en relación con la mentalidad y su falla: “en última instancia es la imposibilidad de representar la sexualidad en lo mental. Es la imposibilidad de inscribir lo sexual en el consciente, como lo decía Freud […] que Lacan radicalizó al hablar de la no relación sexual que no puede escribirse en lo simbólico, falta siempre algo esencial en el sujeto para poder representar su goce”.13

No hay phoné

¿Qué quiere decir, pues, que no hay phoné? A grandes rasgos, podríamos decir que la phoné está relacionada con la escritura fonética, con el logocentrismo, con el significante-significado o también con el calco del sonido por el significante, para ser más precisos. Una escritura no fónica, llegará a ser formulada por Lacan a partir de la concepción de que el significante es ante todo constituido como trazo (o también rasgo) y soportado por él. Es decir que, el einziger Zug freudiano, rasgo unario lacaniano, en tanto hace marca en el sujeto, dará pie a lo que circula en el significante que marca el cuerpo –donde reside este rasgo unario como lo que lo constituye y da su soporte. Eso que circula es lo escrito, aquello que puede derivarse del postulado lacaniano de que no hay phoné en la escritura, que no hay escritura fonética, pues lo audible no da la materialidad del goce que está en juego en el encuentro con la lalengua.

Este punto en común entre Lacan y Derrida –cuando se toma en cuenta la última enseñanza de Lacan– se encuentra en el modo en que este último hace a la fonología responsable “de la exclusión o rebajamiento de la escritura”14 cuestión en la que basa su crítica a la metafísica de la presencia.

Es ahí, precisamente, donde se encuentra el malentendido, la lectura sesgada de Lacan por parte de Derrida, que le impide pensar su ignorado acercamiento, en su transitar cada uno por vías propias. Derrida plantea que Lacan sostiene la fonología, lo cual demuestra que, paradójicamente, no leyó los textos de este último sobre el tema de la letra y la escritura15,en los que las vincula al cuerpo como trazo fuera de sentido que en él se produce. La phoné, en Lacan, no va de lo que se escucha en las homofonías sino de lo que resuena en el cuerpo como goce. De lo que resuena en silencio, ya que resonar alude del algún modo al sonido, pero aquí la resonancia debemos entenderla como muda. La pulsión –léase el goce– es silenciosa, rasgo que ya fue aislado por Freud.

Éric Laurent alude precisamente a esto cuando habla sobre lo que marca el cuerpo dejando el trazo de goce. Dice que este punto que no se puede decir toma la forma de una inscripción directa del significante sobre el cuerpo, y pone como ejemplo la alucinación: “Vemos bien que con la alucinación tenemos un troumatisme. Algo hace agujero, y es la razón por la cual las alucinaciones –Lacan lo plantea al final de su enseñanza– no tienen ninguna dimensión auditiva. Una alucinación no se escucha. Lacan decía que la voz es afónica, no hay ‘la foné’” y agrega que la voz es del orden de la escritura “pues está vinculada a lalangue, pero sin que haya la palabra para darle una vocalización […] tenemos el troumatismo, y la manera con la que esto determina, después, el circuito; es decir, la manera particular con la que cada uno de nosotros utiliza la lengua común, la que puede compartir con los demás”.16

Lo no representable más allá del sueño: en el recorrido del análisis.

¿Qué hay, pues, de lo no representable? En el sueño encontramos un trozo/ trazo que no es interpretable. De la misma manera, encontramos este ombligo del tejido simbólico-imaginario en el recorrido del análisis tomado en su conjunto, a lo largo del cual se inscribe en silencio esa escritura muda que circunscribe lo real del síntoma. Es ahí donde está en juego un goce en relación con el cuerpo, cada vez más circunscrito por el trabajo analítico. Es la pulsión la que no tiene representación posible, es el cuerpo como vivo, donde la pulsión se hace presente como inaccesible al pensamiento, al lenguaje, a la imaginación.

El recorrido del análisis mostrará, precisamente, la vanidad del fantasma. La pulsión, en primera instancia, se instala, en ese vacío que es el objeto a facilitando la repetición, el goce, hasta que se atraviesa el fantasma. La no interpretación del ombligo, no ya del sueño, a lo largo del análisis, es la aportación constante y precisa de un silencio que resuena allí donde la transferencia le da el cuerpo necesario, el cual no desmiente el real del que está hecho.

Es este vaciamiento, sostenido por el silencio del analista, por el silencio de su interpretación, el que permitirá llegar a ese punto que Lacan describirá como vivir la pulsión sin el fantasma. Un modo de decirlo, precisamente, sería plantear: vivir la pulsión en silencio, sin los intentos del fantasma por darle una significación, añadiéndole el colorido y los sonidos de sus escenarios, poniéndole palabras e imágenes.

Es decir, de esa práctica de un silencio debe surgir un saber hacer con lo real no limitado al fantasma, en lo que llamamos el sinthome. En esta vía, los tres registros se anudan con lo que es otro modo de designar el ombligo en cuestión: lo opaco del síntoma, con el goce en tanto punto irreductible, irrepresentable por la palabra y/o la imagen. Ese punto es “algo que nunca será reducido a este saber, lo Urvernrängt de Freud, aquello del inconsciente que nunca será interpretado.”17

 

gonzalez.claudia@icloud.com

Notas

* Claudia González es psicoanalista en Barcelona, miembro de la AMP y de la ELP.

1 Se puede consultar también el texto “El sacrificio” donde Derrida trabaja el tema de la representación y el teatro y la filosofía, pero en relación a Daniel Mesguich.
2 Derrida, Jacques. “El teatro de la crueldad o la clausura de la representación”. La escritura y la diferencia. Antropos, Barcelona, 1989, p. 330.
3 Lacan, Jacques. “Prefacio a una tesis”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, p. 422.
4 Freud, Sigmund. “La interpretación de los sueños” (primera parte) (1900). Obras completas, tomo IV, Amorrortu, Buenos Aires, p. 132.
5 Freud, Sigmund. “La interpretación de los sueños” (segunda parte) (1901). Obras completas, tomo V, Amorrortu, Buenos Aires, p. 519.
6 Entre los que podemos citar: La escritura y la diferencia, La diseminación y Posiciones.
7 Este tema lo desarrollo en mi tesis doctoral titulada: El (otro) cuerpo y la (otra) escritura: el último Pasolini a la luz de Lacan, Derrida y Nancy. Universidad Autónoma de Barcelona, 2019.
8 Por ejemplo, en textos como “El Sacrificio” o “El teatro de la crueldad o la clausura de la representación”.
9 Derrida, Jacques. “El teatro de la crueldad o la clausura de la representación”. Op. cit., p. 320.
10 Ibid. p. 323.
11 Lacan, Jacques. “La tercera”. Intervenciones y Textos 2. Manantial, Barcelona, 1988. pp. 81-82.
12 Este tema es tratado por Lacan en El Seminario 23, El sinthome.
13 Laurent, Éric. “La época del sinthome”. Conferencia pronunciada en la UBA el 27 de noviembre de 2019. Disponible en internet.
14 Derrida, Jacques. De la gramatología. Siglo XXI, México, 2003, p. 134.
15 Solo hace falta leer El cartero de la verdad, Resistencias del Psicoanálisis o Posiciones, para percatarse de que las referencias más importantes con relación a la letra y la escritura lacaniana son pasadas por alto.
16 Laurent, Éric. “El Uno solo”, Freudiana no 83, 2018, p. 86.
17 Lacan, Jacques. La Tercera. Op. cit, p. 104.

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